16 de marzo de 2015

EL TRANSIBERIANO

Este viaje fue MI VIAJE. El viaje que me voló la cabeza, que me puso patas para arriba, que hizo que el cuerpo se me alborotara, que me obligó, una vez de vuelta en Argentina, ir a una armonización para volver a mi eje. Y así quedé después de volver: LOCA.

Era un manojo de nervios, me tomó mucho tiempo poder hacerlo. Primero a mi madre le daba miedo, después me fui a Nueva York y lo pospuse, hasta que llegó el día y me fui.

El vuelo era eterno. Hice Mendoza – Chile (uno de mis vuelos preferidos, ver la cordillera nevada es alucinante) – Madrid – Moscú. Creo que viajé por dos días enteros y llegué con tal excitación que no me importaba nada. No veía la hora de dejar mi mochila en lo de mi amiga Yulia y volver a recorrer Moscú. Obviamente me perdí a la salida del metro y tardé el doble en llegar a su casa.

Estuve cuatro días paseando por Moscú, charlando y disfrutando de una forma diferente a la primera vez que estuve ahí. Creo que estaba más relajada y no tenía esas ansias de “tengo que ver todo” o “no me puedo perder nada”. Simplemente me dediqué a pasear y recorrer con tranquilidad como si fuera un habitante más de esa gran urbe.

Debo reconocer que sacar el primer ticket para empezar la ruta del Transiberiano, me llevó unas casi tres horas literales donde terminé casi llorando (o llorando  porque cuando nadie me veía, un par de lágrimas se me cayeron) y una vez que tuve el ticket en mis manos, encontré un bar, me senté y me emborraché para pasar el mal trago. No quería pensar que cada vez que quisiera un ticket nuevo, esta iba a ser mi experiencia, por lo que preferí bloquearlo de mi cabeza, pero previo lo agendé en mi “diario” para no olvidar nunca más esa sensación de impotencia.

Recorrí varias ciudades y pueblos de la Gran Rusia. En cada lugar tuve amigos nuevos, de distintas edades, distintas nacionalidades y con distintos proyectos. Esos amigos que algunos duran sólo un trayecto de tren y otros que duran para siempre. Viajar sola es así. No es ir sola, es ir haciendo amigos, ir haciendo experiencias, ir viviendo e ir conviviendo con vos misma.

Llegué al Lago Baikal, donde fue ahí que me encontré conmigo misma.

Paseé por Mongolia y llegué a Beijing. En Beijing corrí hasta la Plaza de Tian´anmen (se dice que el Transiberiano empieza en la Plaza Roja y termina acá). Recorrí Beijing con la boca abierta y sin miedo a tragarme moscas, porque lo que ves es impactante y diferente. Es como “mismo mismo, pero diferente”.

Volé a Hong Kong, ya que no tenía tiempo para recorrer China como tenía pensado. Y lo describo como el Nueva York asiático. Estar en China es como estar en otro planeta, pero estar en Hong Kong es como estar en el mismo planeta Tierra.

Y mi vuelo de vuelta a casa fue terriblemente largo, pero estaba tan contenta conmigo misma que la felicidad no me entraba en el cuerpo.


Hong Kong – Moscú – Madrid – Chile – Argentina. Y una vez más llegué a casa.




No hay comentarios:

Publicar un comentario