Este viaje fue MI VIAJE. El viaje
que me voló la cabeza, que me puso patas para arriba, que hizo que el cuerpo se
me alborotara, que me obligó, una vez de vuelta en Argentina, ir a una
armonización para volver a mi eje. Y así quedé después de volver: LOCA.
Era un manojo de nervios, me tomó
mucho tiempo poder hacerlo. Primero a mi madre le daba miedo, después me fui a
Nueva York y lo pospuse, hasta que llegó el día y me fui.
El vuelo era eterno. Hice Mendoza
– Chile (uno de mis vuelos preferidos, ver la cordillera nevada es alucinante)
– Madrid – Moscú. Creo que viajé por dos días enteros y llegué con tal
excitación que no me importaba nada. No veía la hora de dejar mi mochila en lo
de mi amiga Yulia y volver a recorrer Moscú. Obviamente me perdí a la salida del metro y tardé el doble en llegar a
su casa.
Estuve cuatro días paseando por
Moscú, charlando y disfrutando de una forma diferente a la primera vez que
estuve ahí. Creo que estaba más relajada y no tenía esas ansias de “tengo que
ver todo” o “no me puedo perder nada”. Simplemente me dediqué a pasear y
recorrer con tranquilidad como si fuera un habitante más de esa gran urbe.
Debo reconocer que sacar el
primer ticket para empezar la ruta del Transiberiano, me llevó unas casi tres
horas literales donde terminé casi llorando (o llorando porque cuando nadie me
veía, un par de lágrimas se me cayeron) y una vez que tuve el ticket en mis
manos, encontré un bar, me senté y me emborraché para pasar el mal trago. No
quería pensar que cada vez que quisiera un ticket nuevo, esta iba a ser mi
experiencia, por lo que preferí bloquearlo de mi cabeza, pero previo lo agendé
en mi “diario” para no olvidar nunca más esa sensación de impotencia.
Recorrí varias ciudades y pueblos
de la Gran Rusia. En cada lugar tuve amigos nuevos, de distintas edades,
distintas nacionalidades y con distintos proyectos. Esos amigos que algunos
duran sólo un trayecto de tren y otros que duran para siempre. Viajar sola es
así. No es ir sola, es ir haciendo amigos, ir haciendo experiencias, ir
viviendo e ir conviviendo con vos misma.
Llegué al Lago Baikal, donde fue
ahí que me encontré conmigo misma.
Paseé por Mongolia y llegué a
Beijing. En Beijing corrí hasta la Plaza de Tian´anmen (se dice que el Transiberiano
empieza en la Plaza Roja y termina acá). Recorrí Beijing con la boca abierta y
sin miedo a tragarme moscas, porque lo que ves es impactante y diferente. Es
como “mismo mismo, pero diferente”.
Volé a Hong Kong, ya que no tenía
tiempo para recorrer China como tenía pensado. Y lo describo como el Nueva York
asiático. Estar en China es como estar en otro planeta, pero estar en Hong Kong
es como estar en el mismo planeta Tierra.
Y mi vuelo de vuelta a casa fue
terriblemente largo, pero estaba tan contenta conmigo misma que la felicidad no
me entraba en el cuerpo.
Hong Kong – Moscú – Madrid – Chile – Argentina.
Y una vez más llegué a casa.




No hay comentarios:
Publicar un comentario